lunes, 9 de abril de 2018

#46: La realidad irreal.


Desde que salió la novela de Ernest Cline, en 2011, muchos se han aventurado a criticar, desde muchas ópticas, el futuro distrópico que nos presenta Ready Player One; pero es claramente al momento de salir la película que el debate surge de nuevo. 

Evidentemente comparar el texto original con la adaptación fílmica de Spielberg es algo sin sentido. Hay muchas diferencias, como en casi todo libro hecho película, entre lo que vemos y lo que leímos aunque increíblemente se mantiene medianamente bien logrado a grosso modo la trama.

2045, el año en el que vive Wade Owen (alias Parzival) es desastroso. De hecho, es tan patético que todo el mundo, desde los ricos hasta los pobres, prefieren pasar su tiempo (todo su tiempo) en un mundo virtual, OASIS, de las manos de unas gafas al más puro estilo de Oculus Rift o las Cardboard de Google. 

La realidad, el MundoReal™, ha pasado a ser ese sitio en dónde tenemos que comer, dormir e ir al baño... todo lo demás se vive mediante una pantalla, a través de bits y bites: 

¿Seguros que necesitamos irnos hasta 2045?


Mark Zuckerberg se paseó muy quitado de la pena en el Mobile World Congress del 2016 sin que nadie, absolutamente nadie, se percatara de que uno de los hombres más ricos del mundo estaba a su lado porque estuvieron inmersos dentro de unas gafas de realidad virtual

¿Y que pasa cuándo tomamos el móvil? 

Ya sea en la sala de tu casa, en la calle, frente a tus amigos... una pequeña pantalla, de seis/siete pulgadas, logra que te separes del MundoReal™, porque sí, es verdad, gracias a esos diminutos dispositivos nos podemos transportar mágicamente al otro lado del planeta para descubrir cosas, aprender, jugar o interactuar con personas de diferentes lenguas y culturas pero, el gran pero de la ecuación es: 

¿Y los que te rodean?

Aquellos a los que tienes la oportunidad tocar, abrazar, besar... o el aire y el pasto que puedes sentir. Muchas veces nos dejamos envolver por la fantasía e incluso la inmediatez que implica encender un dispositivo o colocarnos unas gafas en lugar de labrar en pro de mejores relaciones o de enfrentarnos con el mundo; porque sí, nuestro entorno aunque no tan apocalíptico, a veces se parece al de Wade Owen: nos asusta y preferimos evadirlo. 

Pero, parafraseando al filme, "la realidad es la única realidad que existe". Solo tenemos esa, esta, verdad y solo podemos vivir en un mundo y es este que nos rodea. 

Vivir en la irrealidad no es una solución. 

Sí. Es lindo un poco de fantasía y de realidad virtual pero nunca, por más real que se pueda sentir, una experiencia 2.0 será algo intangible. Simplemente porque nuestros sentidos depende de nuestro cuerpo y eso es algo que, al menos al día de hoy, no se puede trasladar a ningún ordenador. 

La realidad irreal de OASIS es seductora, sí, pero nunca, jamás, podremos tocarla, sentirla... vivirla.

Y el chiste de estar vivo es, precisamente, vivir.





Imagen | The New Yorker  / Verne 

*The New Yorker es el titular de los derechos de Copyright de la imagen que encabeza el post. Este sitio la emplea únicamente con fines meramente ilustrativos. 

2 comentarios:

  1. Está claro que el siguiente paso tecnológico es pasar de las manos a los ojos. De ahí los ensayos de Google con sus gafas virtuales... aunque personalmente imagino que buscarán una forma menos disruptiva (como unas lentillas) y eventualmente tendremos nuestro cerebro conectado a internet. Pronto será imposible discernir qué es real y qué es digital.

    Interesante texto, un saludo.

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    1. Javier: primero que nada muchas gracias por tu comentario.

      Sin duda siempre es interesante lo que la tecnología puede hacer de nosotros... o con nosotros. En lo personal, apuesto más por la realidad aumentada (los lentes) que por la inmersión total ya que siento que la tecnología (perdón por la redundancia) debe de complementarnos y no "aislarnos" ya que, a mi ver, el día en que perdamos la dimensión de lo real de lo "irreal" la naturaleza humana ya no será la misma y el poder del "touch" a los demás es lo que nos separa como especie.

      Saludos!

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